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«Señora, su hija se muere.»

Ahora que tengo a mi pequeña Lola mala y que he tenido que pasar horas en el Hospital San Rafael, me viene a la mente una de las peores pesadillas que me ha tocado vivir.

4 de junio de 2008. Lola tenía un mes y medio. Mariana, la mayor, estaba enferma. Según los médicos, un virus agresivo que sólo se quita con agua y paracetamol. Por la mañana nos dijeron en urgencias que lo preocupante era que se lo pegara a la pequeña y que intentáramos aislarla lo más posible.

“Y si ven que la pequeña tiene 38.3, tráiganla.”

Dicho y hecho. Parecía que lo habían previsto. Lola pasó la tarde algo decaída y, por la noche decidimos poner el termómetro. ¡Bingo, 38.3! Le doy un biberón, le quito el faldón, le pongo un pijama y a Urgencias. No sin antes dejar apuntalada a la mayor con mi santo hermano.

Entramos por urgencias donde nos atienden increíblemente rápido. Nos hacen las cuatro preguntas de rigor y en seguida oímos:

“¡Fulanita, menganita, Pepita y Rosita: necesito que le hagáis todo esto a esta niña y que sea ya!”

En principio no me asusté. La niña había cenado bien, se había reído y tenía buen color por lo que la reacción del médico de urgencias me sorprendió. Nos piden que nos salgamos del área privada, momento en que aprovecho para ir a ver a mi tía que, casualmente, estaba ingresada en planta. Pero fue llegar a la habitación y me suena el móvil.

“Mariana, baja”.

El tono malísimo. La voz, rota. Los nervios a flor de piel. El corazón a punto de estallar. Salí corriendo por los pasillos de aquel hospital hasta que me encontré con mi marido. Entramos de nuevo en el área privada. Se oía a Lola, llorando desgarradamente. Pude verla un segundo, rodeada de médicos y enfermeros y llena de tubos y pegatinas. Sólo quería estar y me empeñaba en que me dejaran entrar a esa sala. Pero de pronto:

“¿Son ustedes los padres de Lola de las Heras? Su hija está muy muy muy mal. No entiendo cómo no se han dado cuenta antes. Tiene una sépsis y puede que no podamos salvarla por lo que pueden pasar a despedirse, aunque vamos intentar hacer lo que esté en nuestras manos.”

Hoy por hoy, sigo siendo incapaz de describir mi reacción. De hecho, creo que hasta me entró la risa floja. No me lo podía creer. Mi hija se moría. Y encima era culpa mía. Me abrazaba a mi marido y los dos llorábamos desconsoladamente. Nos cruzamos la mirada y conocimos el terror. ¡Qué sentimiento de impotencia, de estar cayendo al vacío! Jamás olvidaré la mirada de mi marido.

Llamamos corriendo a nuestros familiares que acudieron enseguida. Mi hermano terminó trayéndose a Mariana que ya tenía 40 de fiebre y deliraba así es que mientras yo me consumía en la puerta de la UCI, mi marido mantenía el tipo ante la mayor, de nuevo en urgencias. Noche de lexatin y de muchas lágrimas.

 Pero Dios aprieta y no ahoga así es que a la mañana siguiente, según los doctores Lola ya estaba mucho mejor. Había respondido fenomenal al tratamiento y estaba estable.

Y digo “según los doctores”, porque en realidad Lola no tuvo, ni tenía nada. Todas las pruebas que le hicieron dieron negativo. Estuvimos medio mes en el hospital y ellos nunca reconocieron su error. Y yo no maté al que me dijo que me despidiera de ella, porque Dios no quiso.

4 de junio de 2008, fecha para no olvidar. Fecha en la que volví a fumar.

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