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En Roland Garros con los Borbones.

Paris. Mayo de 1997.

Mi madre me había invitado a al Roland Garros. Nos instalamos en casa de los Güell. Unos señores muy bien posicionados y con una casa estupenda en el centro de Paris, muy cerca del Pont de L’Alma. La anfitriona nos había preparado la mejor habitación de la casa. Amplia, con vistas y con acceso directo a un office donde servidora se calentaba un chocolate a la taza que quitaba el hipo. En realidad, estábamos muy poco en casa porque tanto mi madre como yo nos pasábamos el día en el recinto de Roland Garros viendo todos los partidos habidos y por haber.

A medida que iba pasando el tiempo, la armada española iba alcanzando mejores resultados y se acercaba el final del torneo, por lo que una mañana, a la puerta de la casa de los Sres. Güell, llamó un miembro de la familia real.

“¿Os importa que os cambie de dormitorio? Es que viene un miembro de Casa Real y tengo que acomodarle en este cuarto.” Nos dijo la anfitriona.

Así es que mi madre y yo recogimos nuestras pertenencias y nos trasladamos a otra estancia, casi igual de buena que la anterior. Pero esa misma tarde, cuando volvimos del tenis, nos encontramos a la Sra. Güell algo descompuesta.

“Perdonad. No sabéis la pena que me da, pero os tengo que volver a pedir que os cambiéis de habitación. Ha llamado el Secretario de Estado de Deporte y me ha dicho que viene con su mujer. No se quieren perder ver a los españoles vencer.”

Volvimos a recoger camisetas, calcetines, cepillos de dientes y mis apuntes. Estábamos a las puertas de los exámenes de junio y yo me había llevado los libros para estudiar, se supone, entre partido y partido. Pero os confieso que los apuntes no tocaron la calle.

El día siguiente fue histórico. Tanto Carlos Moyá como Arancha Sánchez Vicario alcanzaban las respectivas finales. Y Juan Carlos Ferrero lograba proclamarse campeón en la categoría junior. Como os podéis imaginar, revolución en casa de los Sres. Güell. Toda la plana mayor de España quería venir a la final del torneo. Aparecían en escena Esperanza Aguirre y una miembrísima de Casa Real con su respectivo.

Así es que antes que nuestra querida anfitriona, descompuesta por la que se le había venido encima, viniera a pedirnos mil disculpas por tener que volver a desplazarnos, decidimos mudarnos al gallinero. De la primera habitación en la que nos instalamos a la de la última, había un abismo. Cambiamos las cortinas de seda por estores de Ikea, el papel pintado por el gotelé, una señora bañera por una mini ducha y ahora “mi office” lo usaban para calentar las infusiones de los Borbones.

Sin embargo, mereció la pena achucharse. El Roland Garros de 1997 se tiñó de rojo y amarillo y nos corrimos la juerga padre.

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