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Mi destino en manos de un taxista.

Hace unos años conocí a un chico por el chat del famoso IRC. Os parecerá raro pero acababa de aterrizar en los Madriles y no tenía otra forma de ampliar grupo. Hice muy buenas amistades la verdad que aún duran a día de hoy.

Una de las cosas que hacíamos, era organizar muchas fiestas y en una de ellas conocí a José Luis. Un chico que me sacaba algún que otro año pero que era encantador y muy mono. A partir de esa fiesta en el Búho Real, empezamos a quedar y la cosa iba viento en popa hasta que, de pronto, me vi envuelta en un berenjenal. José Luis era un chico normal pero hacía cosas raras. A menudo desaparecía durante varios días sin dejar rastro. A mí me resultaba bastante increíble de creer y me costó acostumbrarme a que cabía la posibilidad de que quedara conmigo y no sólo no apareciera, sino que tampoco diera explicaciones.

Un día, harta ya de llamarle al móvil, llamé a su casa. Su madre, que había escuchado hablar de mí, me atendió de maravilla y me cayó tan bien que quedamos a tomar un café. ¡Y vaya café! Lo que parecía un primer acercamiento entre “suegra y nuera” resultó ser una jarra de agua fría por encima.

– “Hija, no sé si lo sabrás pero mi hijo es cocainómano. Cuando desaparece es porque se pierde por los poblados en busca de droga. Si quieres dejarlo lo entenderé, pero si nos ayudas, te lo agradeceré.”
 
Yo me quedé sin palabras. No sabía qué contestar, cómo reaccionar. José Luis me gustaba, no sabía hasta qué punto estaba metido en ese mundo, y me parecía tremendo decirle a esa señora que se quedara con su joyita para ella solita, así es que le dije:

-“¿En qué puedo ayudar?”
-“Podemos meterle entre las dos en el Proyecto Hombre. Así estará controlado. Pero cuando salga, tendrás que venir a buscarle y traerle a casa y te daré el dinero para que comáis o vayáis al cine y tú me darás las vueltas.”
 
Parecía fácil. Así es que yo me fui de ese café prometiéndole a esa señora que su hijo se desengancharía de la coca y estaba convencida de que lo conseguiríamos. José Luis estuvo un tiempo “encerrado” en ese proyecto y después me convertí en su perro guardián. Le recogía en su casa, me lo entregaban sus padres, me daban el dinero que se podía gastar con instrucciones, le vigilaba muy de cerca durante la velada y lo entregaba sano y salvo con las cuentas en mano. Así, fin de semana tras fin de semana hasta que una noche, tras entregar el paquete en taxi y pedirle al taxista que esperara a que bajaran los padres, el conductor comentó:
-“¡Como han cambiado los hábitos! Ahora son las mujeres las que acompañan a los hombres a sus casas.”

 Y al contarle mi historia, frenó en seco, se giró y me dijo:
-“Por favor, déjelo. Aléjese de él. Esta gente no cambia. Prometen rehabilitarse pero vuelven a caer. Usted es muy joven y tiene toda la vida por delante. Imagínese con un bebé en brazos y sin saber dónde está su marido.”
 
Y por ese taxista no me casé con José Luis. Me costó dejarlo. No era mala persona. Pero fui cobarde y no me la jugué. No sé nada de él. Ojala se rehabilitara.

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