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NUNCA OLVIDAR

He de confesar que jamás se me había ocurrido viajar a Alemania. Soy más de destinos cálidos y exóticos. Sin embargo, llevaba un par de años escuchando a mi alrededor que la capital alemana era un destino que merecía mucho la pena así es que decidí hacer caso de las recomendaciones y organicé un fin de semana en Berlín.

Contraté una excursión al campo de concentración de Sachsenhausen. Sabía que si algún día pisaba Berlín, un campo de concentración era visita obligada. Algunos puede que no lo entendáis, pero para mí era muy importante materializar visualmente todo lo estudiado y escuchado en Israel durante muchos años. Era como una necesidad de confirmar que efectivamente ese terror existió.

Tras el desayuno, caminé unos 10 minutos hasta la estación central de Berlín. Allí, tras pelear un poco con la tecnología alemana, conseguí hacerme con el billete de tren correspondiente (7€ ida y vuelta). Además, compré provisiones para aguantar hasta por la tarde ya que allí no hay ni bares ni nada que se le parezca.

Cogí el tren a sabiendas de que iba por las mismas vías por las que fueron trasladados miles de deportados. Eso ya impresiona. Media hora después llegamos a Sachsenhausen y cuál fue mi sorpresa al ver que era una ciudad con sus calles, locales, escuelas y casas. Caminamos durante otros 30 minutos hasta llegar al campo de concentración. Pensé que las casas cercanas serían nuevas pero el guía me confirmó que esas mismas casas eran las del personal de las SS  (en el plano la zona B).

Sachsenhausen fue el primer campo de concentración que se construyó con ese fin. Había que dar buena impresión a la comunidad internacional durante las Olimpiadas de Berlín de 1936 y no podían tener a los deportados en antiguas fábricas de cerveza o amontonados en cualquier sitio. Así es que le encargaron a un arquitecto la construcción de este campo que sería de dónde partirían todas las órdenes a los demás campos de concentración. También estaba aquí la academia militar así es que aquí se formaron todos los soldados que trabajaron en un campo de concentración.

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Imagen de google

¿Quiénes venían a este campo?

La idea era llenarlo de seres que no servían a la sociedad, por lo que deportaban a gitanos, opositores al régimen, judíos, testigos de geová, homosexuales, criminales (bastaban con haber robado una barra de pan), presos políticos, asociales (cualquier persona que no siguiera las normas de la sociedad: un parado, un excéntrico, etc.) y emigrantes.

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Imagen de google

Cada uno de ellos era clasificado en la entrada (Zona D). Allí valoraban si el deportado podía servirles como mano de obra (para fábricas de armamento, trabajos en el campo, AUDI, Mercedes, etc.) Si no servía (personas mayores, enfermos, niños, etc.) le mataban. Si servía, debía de pasar por un proceso de deshumanización. ¿Qué es esto? Se pensó que cuanto más convirtieran a los presos en cosas, menos le costaría a los soldados acabar con ellos por lo que les afeitaban todo el pelo del cuerpo, les desnudaban, les tatuaban un número y les daban un pijama con el triángulo del color correspondiente a su categoría:

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¿Cómo funcionaba el campo?

El campo tiene forma de triángulo para ahorrar en vigilancia. La torre A (en la imagen la D) está justo en la entrada del campo, en alto. Desde allí se controlaba toda la superficie y se disparaba si era necesario. La línea amarilla era la zona neutral del campo y sigue recubierta de alambres. Cualquier preso que la pisara, estaba muerto. Algunos presos se intentaban suicidar tirándose contra la alambrada. Estos se quedaban ahí enredados el tiempo que hiciera falta hasta que perdieran la vida.

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Si os fijáis en el plano del campo, junto a la Torre A hay una explanada con forma de semicírculo: ahí es donde tenían que hacer fila los prisioneros todas las mañanas.

Impresiona escuchar que para los presos el día empezaba a las 4.15h de la mañana, hora en la que tenían que levantarse, asearse, vestirse, desayunar y estar en esa explanada a las 5.00h perfectamente uniformados y listos para el recuento.

El pasillo que rodea el semicírculo era un espacio destinado a que los presos más preparados físicamente probasen las botas del ejército alemán. Éstos elegidos corrían desde las 3.00h de la mañana hasta bien entrada la noche sin cesar. Para ello, además de darles el desayuno, tenían derecho a una dosis de anfetaminas…

Nos cuenta el guía que muchos supervivientes se enteraron de que el campo había sido liberado cuando dejaron de escuchar a esos presos correr.

Los prisioneros hacían dos comidas al día:

–         El desayuno consistía en un café muy aguado, dos rebanadas de pan y 30 gramos de mantequilla. Intentaron ahorrar bajándoles de 30gr a 15gr pero como murieron muchos en el espacio de poco tiempo, restablecieron los 30gr.

–         De cena, una sopa.

En la zona A, se encontraban los barracones (actualmente solo quedan dos). Ahí era donde dormían los presos. Tenían un aforo para 250 personas pero en algunos llegaron a estar hasta 1000. El barracón se distribuía de la siguiente forma:

–         Un comedor con taquillas

–         Una estancia con muchos inodoros

–         Una estancia para el aseo

–         Un trastero

–         Un espacio con literas

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Barracones que quedan en pie. En cada zona empedrada había un barracón. Cuarto de baño, literas de tres, casi siempre sin colchón y de 1m60. Zona de aseo. Los presos recogían agua en las fuentes centrales y se la echaban por encima en un compartimento de los que figuran a la derecha de la imagen).

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Detalle del techo del barracón y comedor.

Los presos debían obedecer en todo momento a los soldados. Cualquier desobediencia, falta de respeto como hablar o mirar a un soldado a los ojos, cualquier retraso a la hora de formar fila o haber perdido un botón del pijama era motivo de disparo.

Pero además de obedecer a los soldados, los deportados tenían que obedecer también al “capo”: preso seleccionado por los nazis para vigilar cada barracón. Los capos tenían como única función vigilar a los presos, quitarles problemas a los soldados y hacer el recuento de personas a diario. Por eso, si durante la noche fallecía algún preso en el barracón, también había que llevar su cadáver al semicírculo para el recuento. Tenían la potestad de eliminar a un preso que se relevara y dormían en una cama a parte del resto.

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Cama del capo

Presos VIP

Este campo también tenía una zona para los presos VIP. Se consideraba VIP a cualquier alto cargo que tuviera información confidencial, a presos políticos, etc. Estos “privilegiados” tenían un trato especial ya que tenían derecho a celdas de cemento en las que en algunos casos hasta estaban solos y en otros compartían su día a día hasta con 4 presos más.

Aún siguen en pie los palos en los que les torturaban colgándoles de las muñecas y dándoles latigazos. Y llama la atención encontrar pequeños homenajes a fallecidos en esta zona vip.

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¿Cómo matar mejor?

Lo que más me impresionó de esta visita es haber descubierto la evolución de la forma de asesinar.

Al principio, les mataban en la Zona Z. Se llamaba “Z” porque es la última letra del abecedario. Allí había una trinchera con un paredón y un batallón de fusilamiento escondido en un cuartito en el lado opuesto. La zona Z colinda con el campo de concentración por lo que ninguno quería ir ahí porque ya sabían que ese era el final. Así pues, decidieron meter a varios presos en camiones, darles vueltas por la zona durante dos horas y así hacerles pensar que estaban en otro sitio. Una vez metidos en la trinchera, los soldados disparaban de 30 en 30 hasta llenar la trinchera. Después la vaciaban y limpiaban y volvían a empezar. En seguida el sistema se dio cuenta de que había un problema: los soldados encargados de los fusilamientos empezaban a perder la cabeza y, a pesar de que les regalaban fines de semana fuera, no conseguían que se centraran así es que idearon un sistema para que el soldado no tuviera síntoma de culpabilidad y pudiera seguir rindiendo al máximo.

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Un militar se disfrazaba de médico y llamaba a “consulta” a un preso. Le colocaba de pie apoyado en un metro pegado a la pared y le decía que esperara un momento. Acto seguido se iba y encendía una luz. Al otro lado de la “consulta”, justo detrás del metro, había un agujero a la altura de la cabeza. En la sala que colindaba con la “consulta” había varios soldados. Cada uno tenía una función distinta: unos limpiaban armas, otros las cargaban con balas y otros apretaban el gatillo. Después, entraban en la consulta, retiraran el cadáver, limpiaban los restos y hacían pasar a otro preso. Este sistema funcionaba porque los soldados ya no se sentían culpables por matar a nadie, la culpa estaba compartida. Sin embargo, el proceso era extremadamente lento y tenían que buscar otra solución.

Un día, unas cuantas personas fueron a un almacén a por unos productos de limpieza para desinfectar un barracón y al abrir la puerta del almacén, cayeron desplomados al suelo. La autopsia determinó que habían fallecido por inhalar Zyklon B. Normalmente este producto no causa daños pero la lata había sido expuesta a una temperatura de 27 grados. De esta forma, investigaron sobre cómo podían beneficiarse del poder letal de este producto que además era muy económico, y llegaron a la conclusión de que mezclándolo con agua caliente, lograrían un exterminio rápido, económico, insonoro y seguro.

Así pues construyeron junto a la trinchera de fusilamiento “unas duchas”. Los presos entraban al pabellón con la idea de que por fin se darían una ducha con agua caliente. Al entrar, un soldado les separaba en función de si tenían dientes de oro o no. El que no tenía nada iba directo a la ducha. Una vez se llenaba el recinto, cerraban las puertas, activaban los grifos, ponían el Zyklon B y en pocos minutos estaban todos muertos. Después, aireaban, recogían los cadáveres y los tiraban a un camión que estaba al otro lado de la puerta. El que tenía algo aprovechable pasaba “a consulta”. La consulta estaba detrás de una antesala y sus muros eran dobles. ¿Por qué? Para que nadie oyera lo que ahí pasaba: les pegaban un tiro y después les arrancaban piezas dentales y hasta dentaduras.  Una vez conseguido el motín, retiraban el cadáver y limpiaban la “consulta” a la espera de otro “paciente”.

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Vista general del pabellón, ducha y recepción del pabellón con placa comemorativa.

Crematorio

En ese mismo recinto, construyeron un crematorio. Era la forma más económica y limpia de borrar cualquier traza de exterminio.

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Por más que intento imaginarme cómo llegaron estos malnacidos a cometer semejantes atrocidades, no lo consigo. ¿Qué se te debe pasar por la cabeza? ¿Cómo tener esa sangre fría? ¿Cómo sobrevivir mentalmente matando?

Hace mucho que no escribía. Soy de las que piensan que hay que escribir cuando se tiene algo que contar. Me imagino que de todo esto ya habréis leído, hablado, debatido y visto muchísimo porque al fin y al cabo el nazismo es un tema tan reciente del que se ha hablado tanto que seguro que cada uno de nosotros lo tenemos presente de algún modo. Con este post quiero contribuir a NUNCA OLVIDAR lo que allí sucedió hace muy poco.

Eso sí, estar allí, pisar ese césped embarrado, tocar esos barracones, respirar ese aire y escuchar ese silencio es una experiencia indescriptible que me llevo a la tumba.

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