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La barba de Fidel

Corrían los años 90 y por aquella época yo vivía en Brasil. Collor de Mello tomaba posesión como presidente de la nación y a tal evento acudieron muchos jefes de estado, entre ellos, Felipe González que se alojaba en la Embajada de España.

Una noche, mi madre y yo nos retiramos a nuestros aposentos y mi padre se quedó charlando distendidamente con él. Hasta ahí, todo normal. Pero a las cuatro de la mañana, mi madre abrió la puerta de mi habitación.

  • “Mariana, tienes que ayudarme. Dentro de 8 horas vienen tres personas muy importantes a comer.”
  • “¿Cómo? ¿Pero quiénes son y por qué vienen aquí y por qué hay que ponerse en marcha a estas horas?

Esa misma noche, Felipe González y mi padre acordaron organizar un encuentro al día siguiente y en casa con Carlos Andrés Pérez (por aquel entonces, Presidente de Venezuela) y nada más y nada menos que Fidel Castro. Cada jefe de estado traía a 500 personas. Unos eran miembros de su comitiva, otros eran periodistas y otros, personal de seguridad. Total: ¡¡1500 personas!!

Rápidamente nos pusimos en marcha, no había tiempo que perder. Había que organizar logística, catering, seguridad y un sinfín de detalles que ahora mismo no recuerdo. Empezamos por distribuir a los invitados y, tras darnos alguna que otra vuelta por la casa, mi madre decidió que las comitivas irían al salón, los periodistas a las terrazas, los de seguridad en la zona de la piscina y “los importantes” al cuarto de estar.

Las horas fueron pasando, la casa se fue acondicionando y nosotros nos fuimos preparando para el evento. Mi madre me pidió que por favor me quedara detrás de la puerta del cuarto de estar por si “los importantes” necesitaban algo. Estoy convencida de que si hubiera sido mayor, me habría encantado ser testigo indirecto de lo que ahí trataron. Sin embargo, tenía 13 años, un pavo prominente, un cierto cansancio, mucho aburrimiento y un deseo feroz de que todo aquello terminara.

De pronto, escuché una voz que dijo “disculpe, disculpe” así es que asomé la cabeza y me encontré con los tres “importantes” mirándome. El Comandante Castro quería otra servilleta. Salí corriendo escalera para abajo, cogí una al vuelo y volví rauda y veloz al cuarto de estar. Llamé a la puerta, la abrí y pasé. Me acerqué a Fidel, le extendí la mano y cuando creí que cogería la servilleta, me dijo: “limpie, limpie”. Y limpié. ¿El qué? Su barba.

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