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Cajones, sin más.

Abrir cajones provoca sobresaltos. Bien porque te encuentres con una cantidad de mierda acumulada, esa mierda que has ido escondiendo para no tener que “perder tiempo” revisando si te sirve de algo o no. O bien porque te encuentres con tesoros. Llamo tesoros a todos esos objetos que te han ido marcando a lo largo de tu vida y que te acompañan cual reliquias hasta que te metas bajo tierra. No tienen por qué tener un valor material. De hecho, tiene mucho más valor algo que conlleve una importante carga sentimental.

El caso es que yo, a pesar de ser fiel defensora de los “ataques de limpieza”, soy de esas que guarda carnés de clubes antiguos, tarjetas de felicitaciones, carteras del pleistoceno y fotos, muchas fotos.

La mayoría están ya en álbumes pero otras están sueltas. Muy sueltas y muy mezcladas. Las he ido seleccionando para compartirlas en redes sociales y rememorar viejos tiempos con amigos de la infancia. Pero ayer me di cuenta de que no hace falta.

Ni facebook ni twitter consiguen proporcionarte esa maravillosa sensación que invade tu estómago cuando encuentras uno de esos tesoros que hacen que en pocos segundos te sumerjas en esa imagen y huelas, toques, veas, oigas y sientas la adolescencia.

Yo anoche retrocedí 22 años. Así, sin más. Abrí un cajón. Sin más. No hay más. No hay más que un cajón, un tesoro y millones de recuerdos. Bueno, sí que hay más.  Un sentimiento de alegría por tener memoria y anécdotas que recordar y un sentimiento de pena por no poder volver atrás. En definitiva, una explosión de sensaciones que bien hace falta de vez en cuando.

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