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Un trauma infantil

Anoche, gracias a una compañera de trabajo que nos regaló dos entradas, fuimos al cine a ver Profesor Lazhar. Una de esas películas cuyo título no dice mucho pero que rebosa en contenido y en emociones. No en vano ganó en 2011 el premio a la mejor película canadiense y fue nominada a los Oscars como mejor película de habla no inglesa. No os voy a destripar la película por si alguno de vosotros tiene la suerte de conseguir verla. Pero os adelanto la sinopsis:

Bachir Lazhar, de 55 años y origen argelino, es contratado como sustituto de un maestro de primaria que ha muerto en trágicas circunstancias en una escuela de Montreal. El carisma y la forma muy particular de enseñar del profesor Lazhar resultarán fundamentales para sacar adelante el curso y cambiar la vida de sus jóvenes alumnos.

Soy una persona que se sumerge mucho en cada historia que me narran. Ver una película supone, para mí, salirme de mi mundo y convertirme en el protagonista. Siento, sufro y padezco lo mismo que el personaje principal. Sin embargo, en este caso no me metí mucho dentro del film. O al menos esa fue mi primera sensación. Anoche, creí asistir a ese espectáculo y no formar parte de él. El personaje de Bachir Lazhar no consiguió arrancarme de mi butaca pese a la magnífica interpretación de Mohamed Fellag. Quizá por estar cansada o quizá porque no veía ninguna similitud entre su historia y la mía. Durante 92 minutos, percibí fielmente toda la secuencia de escenas desde mi butaca. Insisto, o al menos eso creí. Porque durante los dos últimos minutos de la película, me di cuenta de que no estaba en mi butaca. Otra vez no era yo, sino una niña de 9 años alumna de un liceo en Montreal. El viaje fue tan fugaz e intenso que pronto me empapé de lágrimas, de sollozos y de desconsuelo. En esta ocasión, no me había transformado en el protagonista, en esta ocasión me había convertido en una de las alumnas del Bachir Lazhar.

¡Qué difícil es decir adiós! A juzgar por mi reacción de anoche, ¡cómo será la espinita que tengo clavada en mi corazón! ¿Cuántas veces me he tenido que despedir? ¿A cuántas personas he abrazado sabiendo que sería el último abrazo? No las puedo contar. Pero lo que sí os puedo contar es que he sufrido mucho. Un adiós definitivo es muy duro. Y a pesar de haber hecho un máster en despedidas, (en Hendaya, en Rabat, en Guatemala, en Brasilia, en Tel-Aviv y en Bruselas, con compañeros, con amigos, con personas que convivían conmigo, con familia), es un ejercicio que nunca he sido capaz de aprobar.

En estos tiempos de crisis, de dramas y de alarmas sociales muchas veces pienso (sobre todo después de ver un programa de Madrileños por el Mundo), que deberíamos coger las maletas y emigrar para poder darle a nuestras hijas un mejor futuro que el español. Pienso en que primero deberíamos encontrar un buen empleo en un destino estupendo, que organizaría la mudanza de maravilla, que decoraría mi nueva casa con gran ilusión y que no nos costaría abrirnos camino en distintas sociedades. Sin embargo, hasta anoche, no había pensado en las despedidas.

¿Por qué será?

¿Te hacen más fuerte o te crean tal trauma que las ocultas en tu subconsciente?

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