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Estrés

Estoy muy estresada. Os suena, ¿verdad? Me temo que sí. ¿Quién no lo está? El caso es que cada vez que digo que estoy estresada siempre hay alguien que me pregunta que por qué, otro que me dice que él también y otro que me recomienda que me relaje y que me tome la vida con más tranquilidad. Es evidente que en los tres casos la mejor respuesta no es otra que el asentimiento y la mejor reacción es cambiar de tema radicalmente. Porque en realidad, soy incapaz de contestar a ninguno de los tres mensajes.

Veamos:

Qué decirle al que me pregunta el motivo de mi estrés.

¿Qué es el estrés, por qué aparece y cómo se manifiesta? Podría buscar y rebuscar información en San Google y daros una tremenda charla al respecto, pero no es mi intención. Sé que el estrés va estrechamente ligado a las palabras preocupación, agobio, nervios y ansiedad. Pero no sé por qué estoy estresada. Quizá porque vivo en una capital, quizá porque vivo en un país que atraviesa una crisis brutal que me afecta directamente, quizá porque me faltan horas al día para poder cumplir con todas mis obligaciones. Quizá porque no soy capaz de atender como Dios manda a todos los que me necesitan. Quizá sea una mezcla de todo lo anterior o simplemente no tenga nada que ver con factores externos y sea un problema interno generado por algún trauma infantil que también desconozco. No lo sé. Tampoco sé bien cómo se manifiesta. Un dolor de cabeza, un dolor de espalda, un temblor en alguna extremidad, falta de aire, insomnio, un eczema, un colon irritable, un ataque de ansiedad y podría seguir enumerando las distintas caras del estrés pero lo que intento decir es que puede salir por innumerables frentes. En definitiva, soy incapaz de contestar a su pregunta.

¿Y al que me dice que él también?

¿Qué haces? ¿Le preguntas que por qué? Ojo, que como seguramente no sepas el nivel de estrés de tu interlocutor (hay mucho hermético suelto), puede que su respuesta sea tan absolutamente deprimente que acabes hundiéndote aún más en la miseria. Puede, por el contrario, que tu interlocutor tenga un problema puntual mucho más grave que el tuyo y eso acabe ayudándote inconscientemente y que incluso salgas reforzado. En cualquier caso, te la juegas así es que me reafirmo en que lo mejor es cambiar de tema.

Y en el caso del que te sugiere que te relajes y vivas de una forma más tranquila…

Yo en estos casos nunca sé si responder dando un abrazo o un tortazo. Y me explico, es evidente que la persona que tienes delante se preocupa por ti y quiere que tu nivel de estrés se reduzca considerablemente para lo que te aconseja que te relajes. Hasta ahí todo bien, es de agradecer. Pero lo de “hay que tomarse la vida con más tranquilidad” hace que a mí particularmente se me hinchen las venas y mi primer impulso sea el de arrearle un tortazo. Señores, es OBVIO que hay que tomarse la vida con más tranquilidad. TODOS sabemos que la vida son dos días, nos sabemos de memoria eso que tanto puso de moda “El Club de los Poetas Muertos”: CARPE DIEM, sabemos que no merece la pena disgustarse y todos usamos eso de que en la vida no hay que PRE-OCUPARSE si no que OCUPARSE. Lo sabemos. Estamos hartos de oír la teoría. Venga, dime algo nuevo. Dime que me mude de casa, de ciudad o de país, dime que conoces un sitio donde entre el yoga y el feng shui te dejan K.O, confiésame que tienes un arsenal de lexatines en casa y que me vas a dar una caja, proponme ir a correr contigo. No sé. Di lo que sea, todo menos que me tengo que tomar la vida con más tranquilidad.

Después de este análisis y ante semejante panorama, deduzco que casi es mejor no decir que se está estresado. Al fin y al cabo, todos tenemos motivos para estar estresados. Algunos más que otros. Por eso, y aunque no soy muy amiga de eso de “mal de muchos consuelo de tontos”, no quiero dejar de decirle a todos los que están medio depres, a todos los que en estos momentos difíciles lo ven todo de color negro, a aquellos a los que sus problemas y su ansiedad les están empezando a arrinconar y ya sólo sonríen a medias, que mientras tengan salud, tienen luz al final del túnel.

Ante la adversidad lo que hay que hacer es creerse que uno tiene capacidad para salir adelante, coger el toro por los cuernos y ponerse manos a la obra. No queda otra. Nadie mejor que uno mismo para luchar por sí mismo. De nada sirve ir lamentándose por las esquinas.

Así es que ÁNIMO y A POR ELLOS QUE SON POCOS y COBARDES.

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