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Adiós

El 22 de septiembre de 2004 y de la mano de José María Vidal, empaqueté toda mi energía, ilusión e inocencia y me embarqué en el que ha sido mi hogar durante ocho largos años. Llegué muy joven y con muchas ganas de aprender.

Al inicio compartía camarote en primera clase con Sara Abad. Nuestro habitáculo era muy reducido, aún recuerdo la cantidad de piececitos que hicimos. Y nuestra labor fue ardua. Juntas capeamos numerosos temporales que hicieron que la que inicialmente fuera una mera compañera de camarote, se convirtiera en gran amiga y compañera de vida.

Corrían mejores tiempos. Y a pesar de que no asomaba mucho la cabeza por los pasillos, se palpaba serenidad y entusiasmo. Amparo, Marian, Merche, Sonia y Eva fueron algunas de las pasajeras que consiguieron hacer de este inmenso buque un pequeño y cálido hogar. Las mini reuniones en la cocina de la mítica Planta Noble eran maravillosas. Las carreras por el paso de cebra, las cenas de navidad con esos videos de primera y ese “a ver ese filete”. Tengo tantos recuerdos…

Fueron pasando los años y poco a poco nos fuimos adentrando en alta mar. Y tras la calma llega la tempestad por lo que también me tocó vivir una mar muy revuelta e inquieta capaz de acabar con los sueños de un velero. ¡Suerte que mi hogar era del tamaño de un crucero! Eso hizo que únicamente tuviéramos que agarrarnos fuerte ante tanto bandazo pero nunca temimos por el naufragio. Pero ya sabéis que la adversidad no sólo te refuerza sino que te une a quienes están contigo en el barco por lo que yo cada vez me sentía más fortalecida.

De pronto y en un momento de calma, Ignacio Bernabéu, uno de los patrones del barco, decidió cambiarme de camarote. Y de golpe y porrazo, pasé de primera clase a tercera. En los pasillos ya no se veían corbatas ni maletines sino gente con zapatillas y cascos. Reconozco que al principio, el cambio me asustó y que en más de una ocasión me acordé de la familia de aquel patrón.

Todo era nuevo, el espacio, las personas, el lenguaje… Pero de nuevo tuve la gran suerte de dar con un equipo fantástico capitaneado por Juan Luis Moreno quien supo rodearse de grandes pesos pesados y quien tuvo la enorme generosidad de dejarme explorar a fondo esa zona en la que os puedo garantizar que he vivido unos de los mejores años de mi vida. Así es que cuatro años encerrada en un camarote de primera trabajando mucho pero sin conocer ningún entresijo del barco y, bajar a tercera no sólo supuso comprender cómo funcionaba toda la maquinaria sino también abrirme a un mundo tan fascinante como digital.

Fueron pasando los años y tuvimos que atracar en varios puertos para apear a numerosos y grandes compañeros. Lamentablemente algunas corrientes marinas nos derivaron al Triángulo de las Bermudas y desde tercera clase, y con ocho años más y dos niñas, los bandazos se hacen más difíciles de llevar.

Así es que ha llegado el momento de abandonar el barco. Un barco en el que he aprendido mucho. Mucho más de lo que hubiera imaginado. Mucho a nivel profesional y mucho a nivel personal. Un barco del que me llevo ocho años cargados de experiencias, de recuerdos, de conocimiento y de crecimiento.

Pongo pié en tierra firme con tristeza por cerrar una etapa, pero con ilusión por empezar una nueva vida. Y como la tierra es redonda, seguro que volvemos a encontrarnos en algún camino.

Un fuerte abrazo a todos y en especial a esa “chupipandi” compuesta por unos seres tan valiosos como especiales a los que, con permiso de los capitanes, les voy a robar un poquito de su corazón.

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