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Bruselas, esa ciudad azul.

“Bruselas es una ciudad muy gris en la que nunca sale el sol. A partir de las cinco de la tarde, que es cuando anochece, no verás a nadie por las calles. Los belgas son extremadamente cerrados y la única opción que tienes es juntarte con otros españoles”. 

Así me introdujo mi futuro el coordinador de Erasmus de ICADE. Muy alentador.

Cuatro meses por delante, muchas expectativas y, como veis, muchos “san benitos”.

Así es que allí me planté con mi maleta en 1997. Tenía 20 años y vivía por primera vez sola. Un reto tan emocionante como inquietante, sobretodo para una persona que no sabía freír un huevo frito, o distinguir una cebolla de un ajo.

El apartamento muy bien situado. A cinco minutos andando de la facultad. Era un estudio pequeño pero bien distribuido, muy acogedor y con un ventanal que daba a un parque.

La facultad, también pequeña pero completa. El primer día, nada más entrar, me encontré con nada más y nada menos que cuatro amigos que iban conmigo al colegio en Brasilia. Además, una de las profesoras también era amiga de la infancia. Tremendas coincidencias. Eso ya me sirvió para ir ampliando el círculo de amistades, no precisamente españolas.

Pero, como sabéis, la vida del estudiante Erasmus está más ligada a la juerga que al estudio y la mía no iba a ser menos. Si a eso le sumas que en España tenía hora de llegada, pues apaga y vámonos.

No recuerdo haber dejado de salir ni un solo día excepto un fin de semana que me puse malísima tras haber ingerido un yogurt y una mandarina. Toda una bomba de relojería. Salía con los de la facultad, con los que se habían venido conmigo de Madrid y con demás contactos que iban surgiendo. Ya sabéis, amigos de amigos. También coincidió que una amiga mía peruana que conocí en Israel se había ido a estudiar la carrera al sur de Bélgica por lo que también pasaba fines de semana en Mons.

Naves llenas de estudiantes tirándose culines de cerveza encima. Los famosos TD. Discotecas cuyos suelos giraban como norias y en las que bailabas encima de la mesa. Pubs con millones de variedades de cerveza. Y hasta una noche de marcha en Paris. Vamos, como el que vive en Madrid y se escapa a Salamanca a pasar la nuit.

Resultado: pasaron los cuatro meses y llegó el momento de examinarse para volver con nota a Madrid. Si no es por los apuntes de amigas responsables, no podría haberme presentado por primera vez ante los profesores. Aprobé. Y con nota. Y es que el haber hecho piña con belgas y haber estado cuatro meses hablando francés de forma intensiva hizo mucho.

¡Qué recuerdos!

Bruselas no es gris. Durante mi Erasmus, llovió dos días. A partir de las cinco no ves a nadie en la calle porque están ya en los bares. Los belgas son encantadores.

Pero sigo sin saber freír un huevo y sin distinguir entre una cebolla y un ajo.

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