Abrir cajones provoca sobresaltos. Bien porque te encuentres con una cantidad de mierda acumulada, esa mierda que has ido escondiendo para no tener que “perder tiempo” revisando si te sirve de algo o no. O bien porque te encuentres con tesoros. Llamo tesoros a todos esos objetos que te han ido marcando a lo largo de tu vida y que te acompañan cual reliquias hasta que te metas bajo tierra. No tienen por qué tener un valor material. De hecho, tiene mucho más valor algo que conlleve una importante carga sentimental.
El caso es que yo, a pesar de ser fiel defensora de los “ataques de limpieza”, soy de esas que guarda carnés de clubes antiguos, tarjetas de felicitaciones, carteras del pleistoceno y fotos, muchas fotos.
La mayoría están ya en álbumes pero otras están sueltas. Muy sueltas y muy mezcladas. Las he ido seleccionando para compartirlas en redes sociales y rememorar viejos tiempos con amigos de la infancia. Pero ayer me di cuenta de que no hace falta.
Ni facebook ni twitter consiguen proporcionarte esa maravillosa sensación que invade tu estómago cuando encuentras uno de esos tesoros que hacen que en pocos segundos te sumerjas en esa imagen y huelas, toques, veas, oigas y sientas la adolescencia.
Yo anoche retrocedí 22 años. Así, sin más. Abrí un cajón. Sin más. No hay más. No hay más que un cajón, un tesoro y millones de recuerdos. Bueno, sí que hay más. Un sentimiento de alegría por tener memoria y anécdotas que recordar y un sentimiento de pena por no poder volver atrás. En definitiva, una explosión de sensaciones que bien hace falta de vez en cuando.
Hemos perdido. Eso es lo que pone en el marcador. Eso es lo que está dibujado en cada uno de los apasionados del Real Madrid. Y no podemos hacer nada. Nada más que consolarnos con esa frase que tantos repiten: “el fútbol es así”.
Siempre suelo quedar con amigos para compartir tanto glorias como penas. Sin embargo, el ajetreo laboral impidió que llegara a tiempo de organizar una quedada, así que vi el partido en casa con mi marido, mis niñas y un aperitivo preparado minuciosamente para la ocasión. Debajo, la afición blanca bebía y reía al son de “como no te voy a querer…” o “que viva España…”. Los ultras, menos prudentes, soltaban algunas joyas (que luego se tragarían) del estilo de “Messi cabrón, saluda al campeón”.
Nos enfrentábamos a un gigante. Lo intuíamos pero no lo supimos hasta los penaltis. Empezamos bien, muy bien. Dos goles tan tempranos como mágicos que nos dieron endorfinas, energía y muchas alas a nuestra imaginación. Sin embargo, los contrarios marcaron y el ambiente de sentimiento de superioridad ya no era tal. Se mascaba mucha tensión y mucho miedo ante el monstruo alemán y aquello nos fue haciendo poco a poco cada vez más pequeños. Del júbilo y salto desaforado, pasamos a retorcernos en nuestros asientos con un silencio demoledor digno de un sufrimiento máximo. Y así fue pasando la noche hasta llegar al minuto 120. Lo que vino a continuación es indescriptible. Al menos para mí.
Hay gente que no entiende cómo se puede sufrir con el deporte y hay gente como Joan Gaspart que, a pesar de ser el Vicepresidente de la RFEF y representar a los equipos españoles ante la UEFA, dice cosas como: “Lo que haga el Real Madrid me la sopla. Ni equipo español ni mierdas.” Yo soy de esas personas que viven la vida con mucha intensidad. Demasiada quizá. Y ayer viví grandes e inolvidables momentos junto al gusano que se me instaló a primera hora en el estómago. Desde que tengo uso de razón recuerdo un gusano juguetón dentro de mí a la hora de afrontar cualquier situación digna de mención. Y sufro, sufro con el fútbol, sufro con el tenis, sufro en el cine y en el aeropuerto. Pero vivo, porque siento. Y por eso mismo, le doy las gracias al Real Madrid por el duelo vivido ayer. No ganamos, pero vivimos.
Y, por mí, que se mueran los vacíos.
Mi hija Mariana se empeñó el otro día en que le alisara el pelo con la plancha.
- “Mamá, quiero un cambio de look.”
Se me abren las carnes sólo de pensar que mi mico de 6 años piensa ya en imagen y en impresionar. Normalmente, soy totalmente contraria a ceder con este tipo de solicitudes. Me horrorizan las niñas con las uñas pintadas, las que se ponen zapatillas brillantes y leggins de mayores. En eso y sin que sirva de precedente, estoy totalmente de acuerdo con la medida que recientemente ha adoptado Francia para poner freno a las “lolitas”. A mi me gusta que mis hijas vayan vestidas de lo que son: niñas de 6 y 4 años y lucho constantemente para que no quemen etapas. Otra de mis batallas con Mariana y Lola consiste en hacerles entender que la que elige el “equipo” diario soy yo. Me niego rotundamente a que dos niñas de 6 y 4 años elijan ya cómo se quieren vestir. Ya tendrán tiempo de ir zarrapastrosas, modernas y provocativas. Ya tendrán tiempo de ponerme de mal humor por llevar faldas-cinturón. Soy consciente de que eso tiene que ocurrir y que es sano que suceda. Porque todas nos hemos cambiado en el ascensor para que no nos vieran nuestros padres. Pero cada cosa a su tiempo. Eso ocurrirá cuando sean adolescentes, no ahora.
En cualquier caso qué fácil es hablar y qué difícil es actuar. Hoy le he alisado el pelo a Mariana. Soy consciente de que he cedido y me preocupa mi debilidad. Pero de momento tengo claro que alisar el pelo no es lo mismo que vestirla de … Mariana tiene un pelo increíble: rubio platino, largo, abundante y fuerte. Al pasarle la plancha y estirarle el pelo, éste ha “crecido” dos centímetros más logrando así el objetivo de la pequeña: no dejar a nadie de su clase indiferente. Pero detrás de Mariana va Lola. Y así como la mayor tiene un pelo de anuncio, la pequeña tiene un pelo de rata. Y lo digo yo porque soy su madre, pero que a nadie se le ocurra decirlo delante de mí. Ya sabéis: “de lo tuyo hablarás, pero no oirás”. Lola tiene muy poco pelo, muy débil y muy corto porque no le crece. Toda su obsesión es tener el pelo como su hermana y para ello, se pone toallas, gorros y pelucas con el fin de sentirse a gusto consigo misma. Me atrevo a decir que la niña tiene un “trauma” con el tema capilar y como lo hemos detectado, intentamos paliarlo de la mejor forma posible. No solemos enaltecer la cabellera de Mariana y, sin embargo, piropeamos excesivamente la de Lola.
- “Mamá, yo quiero el pelo como Mariana.Con la plancha crece”.
Así es que no me ha quedado más remedio que alisárselo. A medida que le iba alisando los mechones, ella se iba dando cuenta de que aunque lo tenía más largo, el resultado nada tenía que ver con el de su hermana mayor. Y es que no se pueden hacer milagros. Así como la plancha había tenido un efecto positivo en la rubia, en la morena había sido contraproducente. Lola tiene el pelo extremadamente rizado y eso ayuda a darle volumen a su pelo y que parezca que tiene más de lo que realmente tiene. Una vez liso, su cabeza era lo más parecido a una fregona. Y los sabíamos las dos pero yo le repetía una y otra vez lo guapa que estaba mientras intentaba dar solución a su cabellera deslucida, y ella se miraba al espejo queriéndose ver como su hermana pero viéndose como una niña con cuatro pelos mal puestos.
De pronto, ocurrió lo que no tenía que ocurrir. Aparecieron en el cuarto de baño tanto el padre como la hermana mayor y cuando vieron el look de Lola soltaron una carcajada monumental. La pobre Lola, consciente de su tara se echó a llorar desconsoladamente al mismo tiempo que se estiraba el pelo para igualarlo al de su hermana. En cuanto a mi reacción, contaros que jamás me había sentido más madre que hoy. Miento, una vez casi estrangulo a un compañero de clase de Mariana por pegarle constantemente. Pero es que hoy he sacado toda mi furia y amor de madre para defender a mi retoño frente a su hermana y a su padre. Al ver a mi hija sufrir, me he convertido en una leona dispuesta a comerme a media selva para protegerla y, con las mismas, he pegado tal alarido que su padre y su hermana no sólo han desaparecido del habitáculo sino que sus sonrisas burlonas se han borrado de cuajo sus caras.
Que nadie haga sufrir a mis hijas, porque me los como.
“Por los comentarios de las buenas gentes, artículos en la prensa y opiniones en las tertulias-coñazo, deduzco, con alivio, que al Rey, lo que no se le perdona, es que haya viajado hasta Botswana a matar un elefante. Es decir, que el protagonista principal de este asunto es el elefante presumiblemente difunto. Se han oído frases de rotunda ridiculez: «Quien es capaz de matar un elefante, puede matar a una persona». Todo esto es consecuencia de los reportajes de «La Dos». Las mentalidades buenistas y ecologistas-sandías-sostenibles lo simplifican todo. Un malvado Rey se desahoga matando a un inocente y bondadoso elefante, ejemplar esposo de una elefanta y responsable padre de los elefantitos.
Hay que recordar al inolvidado Félix Rodríguez de la Fuente con los lobos. El lobo se convirtió en un héroe nacional, una víctima de los cazadores y los ganaderos. El lobo es un animal prodigioso, pero no puede ser considerado un cánido educado y cortés. De sus groserías saben mucho los pastores. Llega el lobo y para comerse una oveja mata a treinta de ellas. Si el pastor reacciona y le sopla al lobo en el codillo, el asesino es el pastor, no el amable lobo. Duero arriba el lobo se puede cazar con el consabido permiso. Duero abajo, matar a un lobo equivale a pasar en la cárcel más tiempo que el asesino de Sandra Palo o de Marta del Castillo. Y en Ávila, Segovia, Madrid y Guadalajara, los lobos campan a sus anchas y se lo pasan muy bien.
El cazador es un amante de la naturaleza. Hay caza porque existen los cazadores, del mismo modo que el toro bravo vive en las dehesas porque hay corridas de toros. Cuidar un campo es carísimo, y a los propietarios de fincas cazaderas les sale por un ojo de la cara mantener el número y la calidad de sus reses. La caza no es sólo una industria –decenas de miles de personas en España viven de la explotación cinegética–, sino un bellísimo deporte siempre que los cazadores cumplan con la ética que exige la naturaleza.
En África matan a los elefantes, porque de no hacerlo, muy pronto entrarán en manada en los supermercados y se llevarán todo por delante, y además, sin pagar. El elefante es uno de los «cinco grandes», junto al león, el rinoceronte, el leopardo y el búfalo. Sobran elefantes en muchos lugares de África. Y falta mucho dinero en África. La caza es un ingreso fundamental. Existen multitud de aldeas que sufren a diario los ataques de manadas de elefantes que arrasan sus plantaciones. Y los Gobiernos y responsables de parques nacionales se ven obligados todos los años a matar a miles de ellos para sostener el equilibrio de la naturaleza. Por supuesto que se trata de un animal formidable y maravilloso. Pero un exceso de ejemplares determina el desastre económico para miles de familias que viven exclusivamente de lo que el campo les depara. Y conozco personalmente a centenares de personas que se han jugado la vida disparando a un elefante sin que tengan nada de asesinos. Eso es una cursilería propia del seguidor de reportajes. Absoluta ignorancia. Suéltense en el Retiro diez elefantes africanos (Loxodonta Africana) y a las tres semanas no quedaría ni un árbol ni un corredor con chandal carmesí. La caza planificada contribuye a la buena salud de la naturaleza y de la balanza de pagos.
La caza es la actividad más antigua del ser humano. Practicarla limpiamente conlleva riesgos, inclemencias y esfuerzos. Mis respetos a quienes no sean partidarios de ella, pero aquí el fundamentalismo no funciona. Si el gran pecado del Rey ha sido matar o intentar cazar un elefante, por mi parte, queda absuelto, con permiso de «La Dos».”
Alfonso Ussía
Hace unos días, el Dr. Oz hizo un programa en el que argumentaba por qué el Cáncer de Tiroides se está expandiendo rápidamente entre las mujeres, y expresó que posiblemente sea consecuencia de las RADIOGRAFÍAS DENTALES y las MAMOGRAFÍAS.
En el delantal que los radiólogos dentales nos ponen en el pecho, hay una pequeña pestaña que puede ser levantada y se adosa al cuello tapando y protegiendo la glándula Tiroides. Normalmente los dentistas no sólo no la usan sino que tampoco alertan del peligro. También existe un “GUARDA TIROIDES” que debe utilizarse durante las mamografías.
Una amiga me dijo ayer:
- “Hace unas semanas me hice una mamografía, y le pregunté al técnico por el Guarda Tiroides. Abrió un cajón y me lo colocó. Le pregunté que por qué no lo ofrecían de forma rutinaria, y me respondió:”
- “No sé, simplemente tienen que solicitarlo”.
Desde Dentrodemimaleta, me sumo a la lucha solidaria para que este mensaje se expanda por la red y llegue al máximo de personas posibles con el fin de paliar, en la medida de lo posible, el auge de la gran epidemia del siglo XXI.
La perfección existe. Sin palabras.
No ha pasado ni un mes desde que cerró la célebre y antigua pasarela Cibeles, ahora denominada Mercedes Benz Fashion Week. En ella, vimos modelitos de diseñadores tan variopintos como Agatha Ruiz de la Prada, Aníbal Laguna y Roberto Verino. Sedas, encajes, transparencias, costuras perfectas, cortes entallados, combinación exquisita de colores, elegancia, extravagancia, todo perfectamente sobrepuesto y medido al milímetro para presentar la moda del futuro cercano.
¿Y para qué? Pues para nada. Ahora resulta que está de moda ir en pijama por la calle. Sí, es el último grito en Nueva York. Ni trajes de chaqueta, ni leggins, ni vaqueros. Ahora triunfan los pijamas de franela e incluso los pantalones cortos de guatiné. Eso sí, aún no les ha llegado la hora a las pantuflas. Esas, de momento, e insisto: sólo de momento, se quedan en casa.
Quiero creer que esa moda la habrán creado los que están en el paro aunque los estudiantes inundan ya los campus de sus universidades en pijama por lo que no me extrañaría nada que esto se fuera extendiendo poco a poco. Me consta que no sólo se ven pijamas en las universidades sino también en las calles del Soho. Aún así, no me imagino a ningún ejecutivo entrando en el Empire State con semejante pinta. Pero todo es posible.
En España es mejor no jugársela. A menos a nivel laboral. Muchas empresas hacen constar en su Manual de Buenas Prácticas, la necesidad de ir bien vestido, decente y aseado, y no cumplir esa “recomendación” podría ser causa de despido procedente. Tampoco me imagino paseando en pleno barrio de salamanca en pijama aunque reconozco que sería precisamente esa la zona que elegiría para probar semejante proeza. Siempre me ha gustado provocar. Total, si es cierto que los ocupantes de la “milla de oro” son tan “in”, sabrán que tienen que aparcar los carísimos vaqueros de la Benarroch y sacar a lucir sus impresionantes pijamas de franela, si es que los tienen.
De hecho, cada vez tengo más ganas de hacerlo. Me imagino la escena. Además, el otro día me compré un auricular antiguo, de los de teléfono fijo, para el iPhone. Así es que podría pasearme por allí con mi pijama de vacas y hablar por teléfono con mi auricular morado. ¿Cómo reaccionarían los viandantes? Seguramente me tomarían por indigente o perroflauta. Algunas me mirarían de arriba abajo, otras me vetarían en Prada o Versace. Y lo peor es que no sé qué es lo más triste de todo esto: que los inquilinos de la milla de oro no sepan distinguir un indigente de un perroflauta, o que no sepan que yo, en esas condiciones, iría a la moda mucho más que ellos.
Prometo contaros la experiencia.
Domingo 27 de marzo de 2011.
10.30h. Suena el teléfono. Es mi madre.
- “¿Sí?
- “Hola hija. Sólo quería que supieras que me voy en ambulancia al hospital.
- “¿Cómo¿ ¿Pero qué te pasa?
- “Que no siento las piernas. No puedo andar.
- “Mamá, espérame. Voy a buscarte.”
Así empezó esta pesadilla. Me vestí en un santiamén, dejé a mi marido con las niñas y me planté en casa de mis padres. Allí, me encontré con mi madre sentada en la cama, intentando buscar el teléfono de una ambulancia, mientras le pedía a mi padre que le preparara una bolsa con camisón, zapatillas y libro por si la estancia en el hospital se alargaba.
Desgraciadamente tengo amplia experiencia en temas de ambulancias y, por lo general, suelen tardar en venir por lo que decidí llevar a mi madre en coche. El trayecto desde su cuarto a la puerta fue complicado. Mi madre se agarró al cuello de mi padre y, pasito a pasito, fuimos avanzando hasta el ascensor y después, hasta el coche.
En apenas diez minutos llegamos a urgencias del Hospital Madrid Norte Sanchinarro. Allí, tras dar los datos de mi madre, pedí que la sacaran del coche en silla de ruedas. Yo me fui a aparcar el coche y cuando volví, mi madre ya estaba en cama, en observación.
Empezaron a hacerle pruebas. Un electrocardiograma, un análisis de sangre y una radiografía de cervicales. Rápidamente llegaron mis hermanos, y poco después nos comunicaron que mi madre se quedaría ingresada en planta. Los nervios a flor de piel. Llamadas, y mensajes comunicando lo ocurrido y mucha tensa expectación. Todo iba muy rápido y según iban descartando anomalías, mi madre notaba las extremidades cada vez más acorchadas y los médicos empezaban a hablar de “mielina”. Esa palabra tan desconocida hasta entonces, y tan cotidiana en mi vocabulario a partir de ese día.
Tras una hora de trámites, la subieron en cama a la habitación 102. Estaba asustada. Odia los médicos y ha huido de ellos durante años, a pesar de haber sufrido un infarto de corazón en el año 93. Allí, rodeada de su familia (a falta de su hija mayor destinada en el extranjero, empezó a quejarse. Le dolían todos los músculos. Los de las piernas, los brazos, la espalda, etc. El dolor iba en aumento según pasaban los minutos.
Nosotros, rápidamente nos organizamos. Mi padre decidió que aquella noche se quedaba él con ella por lo que le llevé a casa a por sus cosas. Mi madre nos pidió que le lleváramos su rosario, sus cojines y mucho chocolate, y así lo hicimos. Le encanta el chocolate, no puede vivir sin él. De hecho, una de las cosas que me preocupó es que no probó ni una sola onza en toda la tarde. Cayó la noche y con ella, aumentaban los dolores por lo que empezaron a darle calmantes. Nos despedimos de ella hasta el día siguiente y, de paso, llamamos a nuestra hermana mayor. Mis padres tenían pensando viajar el jueves 31 a visitarla y teníamos que advertirle de que igual cambiaban los planes.
Lunes 28 de marzo de 2011.
Teléfono.
- “Papa, ¿qué tal habéis pasado la noche?
- Fatal hija. Tu madre no ha dormido ni cinco minutos y tiene unos dolores tremendos.”
Tras este mensaje tan alentador, duré en la oficina media hora escasa. Mi jefe entendió que me ausentara y yo necesitaba estar al lado de mi madre. En el hospital recibimos la visita de nuestra prima Isa. La hija mayor de la hermana de mi madre.
- “He estado hablando con una amiga mía y me ha dicho que tu madre tiene los síntomas de un Guillain-Barré.
- ¡Madre mía, ¿y qué es eso?
- Un síndrome que coges con una infección (gripe o gastroenteritis) y que te paraliza el cuerpo.
- ¿Pero eso tiene cura?
- Sí, mi amiga lo ha tenido y ahora está fenomenal.”
Rápidamente hicimos lo que nunca hay que hacer. Meterse en Internet a buscar qué era eso de Guillain-Barré (SGB). Parecía como si el autor del texto de la Wikipedia hubiera estado con mi madre antes de escribir el artículo.
“La inflamación de la mielina en el sistema nervioso periférico lleva rápidamente a la parálisis flácida, con o sin compromiso del sensorio o del sistema autonómico. La distribución es comúnmente ascendente, afectando primero a los miembros inferiores. Los pacientes sienten debilidad en las piernas (piernas de hule) con o sin disestesias (adormecimiento/hormigueo). La enfermedad progresa a brazos o a los músculos de la cara en horas o días.”
Tras esta primera consulta en Internet, mi madre empezaba ya a no tener movilidad en los brazos. Los nervios iban en aumento a la par que la desesperación. Mi madre cada vez estaba peor y nadie nos daba una respuesta clara de lo que estaba ocurriendo hasta que por fin apareció una neuróloga.
- “Oiga nos han hablado de SGB, puede ser eso?
- Hemos empezado por descartar otras patologías y ahora le vamos a hacer una punción lumbar para descartar el SGB.”
Dicho y hecho. Le hicieron la punción lumbar a mediodía y, tras esa prueba, mi madre cayó en picado. Los dolores eran brutales, cambiaba de postura cada treinta segundos para intentar encontrar algo de paz, pero ni por esas. Le atiborraban a antinflamatorios, a calmantes y nada le tranquilizaba y, lo peor de todo es que los resultados de dicha prueba tardaban 24 horas.
Segunda noche en el hospital. Se quedó mi hermano mayor. Los demás, nos fuimos a casa con caras, cada vez más angustiadas.
Martes 29 de marzo de 2011.
Teléfono.
- “Hola, ¿qué tal habéis pasado la noche?
- Fatal. No hemos pegado ojo. La he tenido que cambiar de postura cada medio minuto durante toda la noche. Ahora descansa algo.”
No había forma de respirar. No había forma de conseguir una buena noticia, por insignificante que fuera. Seguíamos esperando el resultado de las pruebas aunque cada vez estábamos más convencidos de que se trataba del SGB. Mi madre cada vez se movía menos y, cada vez necesitaba más calmantes hasta el punto de entrar ya en la categoría de los mórficos.
A media mañana le hicieron otra prueba: un electromiograma. Me quedé yo sola en la habitación con ella y con la doctora. Le iban poniendo cables por las extremidades. Estos cables le daban corriente y medían la actividad de los nervios o músculos. Antes de finalizar la prueba, y antes de que tuviéramos los resultados de la punción lumbar, me confirmaron en ese mismo instante que mi madre tenía un SGB. Nos había tocado la lotería entre 100.000 personas.
Al final de la mañana pasó la doctora. Mi madre levantaba las piernas sin dificultad pero con mucho dolor. Intentó ponerse de pié, pero al no sentir los pies en el suelo, se desplomó. Una vez tumbada de nuevo, la doctora sentenció:
- “A pesar de que la punción lumbar es negativa, usted tiene un SGB. Así es que vamos a empezar con el tratamiento. Si no lo hemos hecho hasta ahora es porque es muy agresivo y queríamos estar seguros de que lo iba a necesitar.”
- ¿Qué significa muy agresivo? preguntó mi madre.
- Pues que puede tener un shock anafiláctico por lo que tendría que trasladarla a la UCI.”
Ya está. Nuestra pesadilla se había hecho realidad y entramos en barrena. Los nervios ya no estaban ni en la piel, se habían salido. Yo personalmente me derrumbé. No veía más allá de mi madre postrada en la cama con unos dolores irreversibles. Se venía abajo nuestro pilar, nuestra energía, nuestra guía. El futuro se tiñó de negro. Mi padre recorría kilómetros y kilómetros de pasillo de hospital mientras que mi hermana los recorría en avión desde su destino hasta Madrid.
A las 19h empezaron con el tratamiento de inmonoglubinas. Gracias a Dios, aquello no le produjo ningún tipo de alergia por lo que cometimos el grave error de pensar que en unos días estaría mucho mejor.
La tercera noche de hospital me tocó a mí. No tengo palabras para describir todo lo que se me pasó por la cabeza durante esas largas, interminables y oscuras horas. No podía olvidar el día que di a luz a mi segunda hija. Yo postrada en la cama tras una cesárea y mi madre acompañándome en la cama de al lado y ayudándome en todo. Ahora, la situación estaba invertida. Tenía que darlo todo por ella. Tenía que sacar fuerzas de donde fuera.
Miércoles 30 de marzo de 2011.
No dio tiempo a que me llamaran por teléfono. Mi hermano se plantó en el hospital a las 8.00h para que yo me pudiera marchar a trabajar. Duro día para una persona que no ha pegado ni ojo y que sólo piensa en la enfermedad de la que le ha dado la vida. Una enfermedad muy desconocida. De la que no sabes cómo ni cuándo se sale. De lo mucho que lees en Internet, deduces que las tres primeras semanas son aterradoras y que existe recuperación pero que es desesperadamente lenta.
A estas alturas ya casi todo el mundo sabe la triste noticia por lo que, al cansancio a la desesperación, se suman el estrés que te provocan los centenares de llamadas, mensajes, mails y preguntas que recibes a lo largo del día. Quieres agradecer las muestras de cariño por lo que explicas una y otra vez la terrible situación. De esta forma, revives una y otra vez la pesadilla y no consigues levantar cabeza por lo que decidimos mandar un correo generalizado pidiendo que, por favor, no nos llamaran más y cambiamos la forma de comunicación: un parte digital diario.
Con el justificante de ingreso en el hospital, conseguimos cambiar el billete de avión de mis padres. Tienen hasta el 7 de enero del 2012 para utilizarlo. En un principio, aquella fecha nos pareció más que suficiente. Teníamos diez meses por delante y estábamos convencidos de que tendríamos tiempo de sobra. Qué ilusos.
Mamá empezaba a ponerse cada vez más ronca. Nadie le prestó atención a ese detalle. Sobre todo porque lo que nos preocupaba realmente era la tensión. La inmonoglubina había hecho que llegara a tener, a pesar de las pastillas que le dieron para controlarla, 22 – 11 de tensión por lo que se lo suspendieron. Aquello fue un jarro de agua helada. Mi madre cada vez estaba más paralizada y nos quitaban lo único a lo que podíamos agarrarnos. Nadie estaba conforme con esa decisión. Pero según los médicos, era más importante controlar la tensión que parar el SGB. De pronto mi madre empezó a perder la cabeza. Empezó con confusión y terminó con alucinaciones. Aquello no nos parecía normal. No habíamos leído nada de ello en Internet asociado al SGB por lo que se lo comentamos a los médicos. Resultado: Las miles de pastillas que le dieron para la tensión le provocaron una brutal bajada de sodio y ese fue el origen del problema.
Jueves 25 de agosto de 2011.
Han pasado varios meses desde que empecé a escribir este post. Todo lo ocurrido desde que empezó esa pesadilla ha sido tan perturbador que me ha resultado imposible seguir adelante tanto con este texto como con mi blog.
Leo ahora el último párrafo y, en efecto, mi madre perdió la cabeza, la respiración y prácticamente toda la movilidad. Estuvo en coma inducido unos días, le hicieron una traqueotomía y cuando despertó, sólo levantaba ligeramente un dedo y guiñaba un ojo para comunicarse con la ayuda de un abecedario impreso. Así permaneció en la UCI un mes y medio.
El 2 de mayo, siguiendo los consejos de los médicos, la trasladamos en UVI móvil al Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. Aquello nos supuso un importante esfuerzo tanto mental como físico. Mental porque nadie está acostumbrado a ver lo que se ve en ese hospital. Sillas de ruedas, camillas, tetrapléjicos, paralíticos, muletas. A nadie le es indiferente escuchar todos los dramas que te cuentan los familiares que te rodean. Esfuerzo físico puesto que, aunque esté cerca de Madrid, no deja de ser más complicado organizar visitas, desplazamientos, cuadrar agendas, etc.
Fue una decisión muy dura. Extremadamente dura. Pero en seguida nos dimos cuenta de que había sido la acertada. En Toledo conocen la enfermedad, tienen de hecho varios pacientes que la padecen y están focalizados en su rehabilitación. Al mes de estar allí, mi madre ya no era un vegetal. Empezó moviendo una mano, la otra mano, los codos, el tronco. Fue fortaleciendo su capacidad respiratoria hasta que se libró definitivamente de la cánula de la tráquea.
No recuerdo bien cómo ha ido evolucionando día a día, lo que sí sé es que mi madre ha trabajado y está trabajando de una forma excepcional. Hace ocho horas de rehabilitación diarias: piscina, gimnasio, fisioterapia, locomat, electroestimulación, terapia, etc. Todo ello le supone un gran esfuerzo pero es plenamente consciente de que representa el pasaporte a Madrid, a casa, a la normalidad.
Ahora permanece sentada, se pasa de la silla a la cama y viceversa prácticamente sola, se peina, se pone crema, lee, pasa páginas, escribe, cambia de canal, pincha la comida, habla y, sobre todo, sonríe mucho.
Sólo nos queda la parte inferior del cuerpo. De rodillas para abajo. Hay que hacer lo que sea para recuperar esas piernas.
8 de febrero de 2012.
19.25h Holiday Gym. Subida a la cinta. Suena el móvil. Se interrumpe la música. Es mi padre.
- Mariana, ¿qué tal?
- Bien ¿y tú?
- Bien. Llamo para decirte que le han dado el alta a Mamá.
Ya os podéis imaginar mi reacción. ¿Cuánto tiempo llevo deseando esa llamada? ¿Cuántos momentos de angustia hemos tenido que pasar antes de recibir esta buena noticia?
Mi madre saldrá, si Dios quiere, el próximo 2 de marzo del Hospital de Parapléjicos de Toledo tras 340 días de ingreso hospitalario. Se dice pronto…
No está recuperada al cien por cien pero ya estamos en fase de muletas y estoy convencida de que el estar en casa definitivamente, es el último empujón que le falta para recuperar la normalidad.
No cabe duda de que nos podríamos haber ahorrado esta mala experiencia. Sin embargo, de todo se aprende. Este año me ha servido para reforzar al máximo la teoría de que la salud es lo más importante, que la vida hay que vivirla día a día porque nunca sabes lo que puede ocurrirte mañana y, por último, que mi madre es el roble más roble del mundo.
Por fin podemos decir: Hemos sobrevivido a un Guillain Barré.
Fin de esta historia.
Fin de este post que he tardado 317 días en escribir.
Fin de esta pesadilla.
Ay, ay, ay, ¿cuándo aprenderás a comportarte como una persona normal?
Eso es lo que me pregunto casi todos los días. Digo casi todos, porque hay momentos en los que soy realmente una persona serena, responsable y tranquila. Lo soy. De veras que lo soy. Pero me aburre soberanamente serlo. El hecho de “estar” sensata me produce ansiedad. (Aquellos extranjeros cuyas lenguas maternas no contemplan la diferencia entre “ser” y “estar”, entenderán ahora la diferencia.)
Mi cabeza siempre tiene que estar dando vueltas. Ingeniando. Maquinando. Me gusta lo extravagante, lo sensacional, lo fuera de lo común, lo magnífico, lo secreto, lo prohibido, el límite.
Y no se puede ser así. O mejor dicho, a cierta edad ya no se puede ser así. Cuando era pequeña, mi padre siempre me decía que contara hasta diez antes de soltar cualquier barbaridad. ¡Qué razón tiene! Pero no lo consigo. Soy 100% impulsiva y si no suelto lo primero que se me pasa por la cabeza, reviento. Soy consciente de que eso me trae más de un quebradero de cabeza pero os prometo que me puede la fuerza que tengo dentro.
En la sociedad en el que vivimos, hay que ser diplomático, hay que ser cauto, hay que ser cuidadoso. Eso dicen los patrones. ¿Y qué hago yo? Desgarrarlos. Por completo.
¿Significa eso que soy tonta y no aprendo? Puede. No obstante, sé la diferencia entre el bien y el mal. Sé qué es lo correcto y lo que no lo es. ¡Qué fácil es conocer la teoría y qué difícil es aplicarla!
Prometo a diario intentar ser más pausada, más tranquila, más normal. Prometo constantemente hacer uso del consejo de mi padre. Prometo no soltar lo primero que me pase por la mente.
¿Pero sabéis qué os digo? Que lo hago por los demás. No por mí. Yo soy así. Yo soy como soy. Agitada, inquieta, alocada, abierta, pasional, insensata. Y QUIERO SEGUIR SIÉNDOLO. ¿Dónde hay que irse para no destacar? ¿En qué país estamos bien vistos los que así somos? Hace unos años, cuando vine a vivir a España, ante las fuertes críticas sobre mi persona, decidí inventarme una vida. Una vida serena, sin viajes, sin anécdotas, sin experiencias. Una vida banal. Aquello funcionó un tiempo hasta que, por motivos que no vienen al caso, mi mentira salió a la luz. Lo cual fue traumático porque me quedé con el culo al aire, pero también sumamente enriquecedor porque el que destapó el pastel me dijo: “No tienes por qué inventarte una vida. Al que no le guste, que se marche y al que le guste lo que cuentas, que se quede.”
¡Qué bien me vino! Años después, me sigo agarrando a eso. Mi forma de ser no encaja bien en la sociedad española. Esa de la que todos presumimos de ser abierta y acogedora. ¿Perdón? No estoy para nada de acuerdo con esa afirmación. Yo la considero clasista, elitista, cerrada, interesada y falsa. Un ejemplo: ese célebre “a ver si te llamo y quedamos” que te dice un conocido al que te encuentras por la calle y que nunca cumple es “típical espanish”. Y el que no esté de acuerdo con esta afirmación, que se vaya a vivir una temporada a Brasil, a cualquier país de Latinoamérica e incluso a Israel. Allí sí te abren las puertas de sus casas. Y no porque quieran algo a cambio, sino porque son serviciales y auténticos. (Obviamente, vivan las generalidades.)
En fin, que ya me ha podido la pasión de nuevo y lo que había empezado siendo una declaración de intenciones en favor de la serenidad ha acabado en un ataque frontal al cinismo de la sociedad española. ¿Y ahora qué hago? Si aplico la teoría: borro el post. Pero como me puede lo que llevo dentro, le voy a dar a “Create Post”.
Ay, ay, ay, ¿cuándo aprenderás a comportarte como una persona normal?
Porque la que lleva dos años hablando sobre ello he sido yo. Porque la que ha decidido hacerlo he sido yo. Porque la que lleva ahorrando un tiempo para poder hacerlo he sido yo.
Porque no es natural, pero lleva un control. Porque es escaso, pero saciante. Porque es rígido, pero efectivo.
Porque es duro, pero rápido. Porque he sobrevivido a muchas separaciones, porque he padecido mal de amores, porque he sufrido muchas desilusiones, porque he superado enfermedades.
Porque soy fuerte, porque soy terca, porque soy cabezota. Porque no hay nadie que me quite algo que se me ha metido entre ceja y ceja. Porque si lo consigo voy a sonreír.
Porque si llego hasta el final, me voy a transformar.
Y, lo más importante, porque os tengo detrás.
GRACIAS @dentrodmimaleta #transformación